lunes, 12 de enero de 2026

Desaparecido en la profunda Amazonía Peruana : Manuel Córdova-Ríos, Ino Moxo - Carlos Alberto Yrigoyen Forno

 
Manuel Córdova-Ríos, Ino Moxo

Desaparecido en la profunda Amazonía Peruana

Manuel Córdova-Ríos, Ino Moxo 

por Carlos Alberto Yrigoyen Forno.

En 1902, en lo más profundo de la Amazonía Peruana, desapareció un muchacho de quince años. 

Los habitantes de la ciudad ribereña de Iquitos dieron por hecho que la selva lo había engullido para siempre.

Su nombre era Manuel Córdova-Ríos.

Para su familia no hubo cuerpo ni explicación, solo silencio. 

En aquella época, la Selva se llevaba a las personas sin dejar rastro. La conclusión parecía inevitable : había muerto.

Pero no era cierto.

Un remoto pueblo indígena se llevó al muchacho al corazón del bosque tropical, a un lugar al que no llegaban ni misioneros, ni comerciantes, ni siquiera los mapas. 

Quedó completamente aislado del mundo exterior, viviendo una realidad radicalmente distinta a todo lo que había conocido.

Y no se resistió.

Observó. Escuchó. Aprendió.

El Jefe de la Tribu vio algo especial en él. Manuel absorbía el conocimiento con rapidez, recordaba cada detalle y percibía lo que otros pasaban por alto. En lugar de tratarlo como a un prisionero, el Jefe lo tomó como Aprendiz.

Durante siete años, Manuel vivió como ellos.

La selva dejó de ser un caos verde. Miles de plantas adquirieron nombre, propósito y peligro. 

Aprendió qué lianas detenían hemorragias y cuáles detenían el corazón. Qué cortezas expulsaban parásitos. Qué hojas calmaban la fiebre. Qué raíces podían matar en silencio si se preparaban mal.

Recibió una intensa formación física y espiritual: 

hambre, soledad, largas noches en la selva y rituales diseñados para que la mente venciera al miedo. No era solo supervivencia; era educación.

La tribu le dio un nuevo nombre:

Ino Moxo, que significaba “Jaguar Negro”.

Ino Moxo, “Jaguar Negro”.

Cuando en 1909 salió finalmente del bosque, 

ya no regresó como el muchacho desaparecido.

Volvió con un conocimiento que dejó atónitos a médicos y autoridades de Iquitos.

La Región Amazónica sufría epidemias constantes: malaria, parásitos e infecciones. La medicina occidental luchaba sin éxito, ofreciendo con frecuencia solo conjeturas y dolor.

Ino Moxo veía patrones que otros no podían ver.

En un caso bien conocido, un policía moría a causa de una grave infección por una tenia intestinal. El tratamiento hospitalario había fracasado. 

Manuel preparó una mezcla especial de cortezas y hojas, la administró y expulsó al parásito. 

El hombre se recuperó casi de inmediato.

Los rumores se propagaron.

Se decía que podía reconocer una enfermedad antes que aparecieran los síntomas. Que comprendía la causa y no solo el efecto. Que veía la enfermedad como un desequilibrio, no como una invasión.

Su labor trascendió la curación local. Científicos que investigaban el Curare, una potente sustancia vegetal usada por los cazadores indígenas, comenzaron a consultarlo. Su conocimiento ayudó a unir la química tradicional de la selva con la investigación médica occidental. Con el tiempo, el curare se convertiría en la base de la anestesia moderna, permitiendo a los cirujanos relajar los músculos de forma segura durante las operaciones.

Manuel nunca habló de milagros.

Decía que la Selva ya contenía las respuestas a todas las preguntas, y que los humanos solo debían aprender a escuchar.

Vivió de manera discreta, practicando una medicina basada en la observación, la moderación y el respeto por la naturaleza. 

Nunca separó la curación de la responsabilidad: cada tratamiento tenía un precio, y cada planta requería cuidado.

En 1978, Manuel Córdova-Ríos falleció a los 91 años.

Para entonces, el conocimiento que una vez fue considerado superstición había salvado incontables vidas. 

Demostró que la selva tropical no era primitiva ni salvaje, sino precisa, compleja y profundamente científica en su propio lenguaje.

El muchacho al que dieron por muerto regresó como un puente entre dos mundos.

Y la selva que debía devorarlo 

terminó enseñándole a sanar a otros.


Carlos Alberto Yrigoyen Forno.